Sergio Venegas Feliú: “Nunca debe uno olvidar la ética profesional y la corrección”

Con 92 años, el contador colegiado con mayor antigüedad en la Región de Valparaíso, aún asesora a sus amigos en materias financieras y contables, se desempeñó también como periodista y, en esta nota, nos entrega algunos de sus recuerdos, vivencias y parte de su gran experiencia.

 

Con gran claridad, amabilidad y humildad, encontramos a don Sergio Venegas Feliú un día miércoles en la sede del Consejo Regional Valparaíso del Colegio de Contadores de Chile. A sus 92 años, sagradamente concurre a buscar el boletín de manos de Jocelyn Salas. Saluda, conversa pausadamente, y nos cuentan que es el contador colegiado más antiguo de la Región de Valparaíso.

Se nos abre el apetito por conocer y saber más de don Sergio…

Titulado en 1950, número de registro 01326-8, don Sergio Venegas forma parte del alma del Colegio de Contadores. En 1944 era un estudiante del Instituto Nacional cuando un tío suyo que era administrador de la revista “En viaje” de Ferrocarriles del Estado le propuso ganarse unos pesitos. Era una revista bastante buena y de gran circulación, destinada a promover el turismo en Chile. En esos tiempos, Ferrocarriles del Estado también era una gran empresa, con 26 mil trabajadores. El ofrecimiento consistía en que don Sergio fuera a trabajar allí.

Como don Sergio estudiaba en el Instituto Nacional -que aún está en Alameda esquina Arturo Prat- y la revista tenía sus oficinas en Estación Mapocho, no eran muchas cuadras de recorrido. En sus estudios tenía jornada única, hasta las 2:30 de la tarde, y de allí partía a la revista. El trabajo consistía en que todos los días en su recorrido del Instituto hasta Mapocho por Ahumada, la calle principal, tenía que preocuparse de ver los kioscos que había en cada esquina: cuatro en Bosques con Ahumada, cuatro en Moneda, cuatro en Huérfanos, cuatro en Compañía, dos en Catedral y, después, un par de kioscos en Santo Domingo, Rosas y San Pablo, ver si la revista estaba siendo exhibida y si los suplementeros tenían ejemplares. Esa era la publicidad…

Nos cuenta que cuando faltaban tenía que volver en carro a reponer las revistas, dos o tres ejemplares para cada punto de venta, trabajo que comenzó en octubre del año 1943.

En marzo del 44, su tío que era el administrador de “En Viaje” le dijo, “tú debieras entrar acá, porque hay un Instituto Ferroviario…”. En ese tiempo se estilaba hacer un decreto de contrato, que don Sergio aún conserva.

“Ahí empecé a aprender otras funciones, aprendí a usar la máquina de escribir, que no había visto nunca; la máquina calculadora, todo era manual; aprendí a facturar y empecé a cobrar los avisos, ya que la revista se financiaba con éstos. Muchos de ellos eran bastante buenos: compañías de cartones y de seguros, bancos… Les anotaba la fecha de pago y después iba a cobrar. La condición que me pusieron para trabajar era que debía ingresar al Instituto Ferroviario, porque Ferrocarriles del Estado fue la primera empresa en Chile que se preocupó de la capacitación de sus funcionarios. Tenía el instituto, en donde se aprendía Electricidad, Señales, Transporte, y como yo estaba trabajando en otra área, no sabía qué estudiar… Entonces, me dijeron que tenían un convenio con el Instituto Superior de Comercio donde me matriculé en clases vespertinas”.

Don Sergio egresó del   Instituto Superior de Comercio en el año 1946 y continuó trabajando en la revista donde se dedicó a llevar contabilidades. “Me registré inmediatamente en el Registro Nacional de Contadores, porque en esa época no existía el Colegio de Contadores. El inspector jefe del Instituto era el encargado de registrar, lo que era una obligación, o sino no se podía firmar el balance. En esa época, legalmente, para los trámites en el Servicio de Impuestos Internos, las personas tenían que tener un respaldo, y el Registro era el respaldo. A muchas personas que no habían estudiado Contabilidad y trabajaban hacía muchos años, el registro les aceptaba su práctica y los registraba. Había mucha gente que trabajaba en empresas de auditoría, entonces toda esa gente trataba de oficializar sus conocimientos”, nos cuenta.

Luego de recibido y registrado, don Sergio comenzó a llevar otras contabilidades, entre ellas, fue el primer contador que tuvo Sindelen -Sociedad de Industrias Eléctricas Limitada- la cual hoy día es una gran fabricante de artefactos eléctricos para el hogar. “En ese tiempo conocí a dos muchachos que habían estado en la Escuela Naval y se habían retirado, José y Mario. Ellos habían estudiado electricidad, por ello establecieron la industria en su casa, en Santiago, para fabricar una juguera eléctrica, aparatos que no se hacían en Chile. Recuerdo que era un frasco de metal con un motor y, enseguida, hicieron la primera enceradora de dos escobillas, porque hasta esa fecha en las casas usaban un “chancho”. Así empezó a crecer Sindelen, y yo era su contador”.

Don Sergio recuerda que en una ocasión se retiró uno de los socios “y tuvimos que hacer un cambio de giro. Todavía tengo los libros de contabilidad guardados, han pasado cuántos años… Además, llevaba otras contabilidades. En eso estaba cuando me dijeron que estaba vacante el cargo de contador en el Diario “La Unión”, de Valparaíso. Me recomendaron hablar desde Santiago con Alfredo Silva, que era el director, y él me dijo que eso se lo había entregado a “Pinedo Hermanos”, unos auditores que eran de Santiago. Ellos tenían que escoger al contador, y fui hablar con ellos. Me tomaron un examen y entre mis antecedentes contables aparecía que había trabajado en la revista “En Viaje”. Se dieron cuenta que yo sabía de circulación, me contrataron y me vine en mayo de 1960 al Diario “La Unión”, para trabajar en la parte contable”.

Recuerda que el diario quedaba donde estaba el Arzobispado de Valparaíso. “Había una torre preciosa que tenía un luminoso con noticias. Aún conservo una fotografía. Se veía desde todo Valparaíso y se daban noticias para que la gente se interesara y comprara el diario al otro día para ver los detalles. Primero, me nombraron subgerente contador y en el año 64, gerente”, relata.

Alfredo Silva Carvallo era abogado, periodista y miembro director de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) con sede en Miami, Estados Unidos. “En ese tiempo, E.E.U.U. tendría unos 1000 diarios de todas las especialidades… Contadores de diario habría unos dos mil. La SIP tenía un instituto técnico, hacían cursos, y Alfredo Silva me dijo qué le gustaba que la gente de El mercurio fuera muy preparada. Había enviado a sus cursos antes a un joven de apellido Mesías a Buenos Aires, porque los impartían en diferentes lugares. También envió a Lucho Aravena, otro periodista de La Unión y de El Mercurio, que también murió. Entonces, me dijo que había un curso para mí en México, y ahí estuve dos o tres meses, y me preparé ya no en cosas contables sino que en manejo de empresas periodísticas. Me dijo, “Sergio, quiero que usted vaya a California”, y me mandó una ciudad puerto muy grande y muy bonita, San Diego, en Los Ángeles. Fui, y ahí me preparé en la parte periodística y en contabilidad. Ahí tuve mucho contacto con gente de El Mercurio de Santiago, principalmente con Julio Pistelli, que era el subgerente de El Mercurio de Valparaíso”, continúa relatando.

Pistelli  lo invitó a ser parte de El Mercurio, a lo que don Sergio respondió que no, pues tenía un compromiso con “La Unión”, “no los puedo dejar abandonados, así es que muchas gracias y chao. Pasó un tiempo y hubo un cambio de editorial por un tema político. La gente que se hacía cargo me dijo que continuase como gerente y yo les dije que no, y me retiré el 31 de enero de 1967. Me llamo Pistelli y me preguntó, “¿tienes algún compromiso ahora?”, y en febrero de 1967 llegué a El Mercurio”.

Actualmente, por su edad -92 años- y por su estado de salud, en el área de la contabilidad se dedica a asesorar a la gente que es muy amiga, pero don Sergio ha dejado un legado no sólo en este ámbito, sino que también en el periodismo.

En el Diario La Unión, Alfredo Silva le decía que escribiera sobre algunos temas y normalmente lo hacía sobre cosas relativas al comercio, pero cuando llegó a El Mercurio, se entusiasmó, y empezó a escribir ya de otro cariz, “entonces, me colegiaron en el Colegio de Periodistas, y escribí varias veces sobre ferrocarriles, porque se había suprimido la línea directa Santiago-Valparaíso”, nos cuenta.

En el marco del estallido social ocurrido hace un poco más de un mes en nuestro país, comenzado con el alza del pasaje de Metro en Santiago, don Sergio rememora los inicios de esta obra: “en realidad, esto se inició hace 30 años, entiendo, con el ferrocarril subterráneo. Se construyó la primera línea, que es la número 1, San Pablo-Pajaritos, y ese fue un gran avance en el transporte para esa ciudad. Santiago ha crecido desmesuradamente, ese es un tema que también me ha interesado y he escrito. Hace años atrás escribí un artículo cuando trabajaba en Santiago. La ciudad llegaba un poco más arriba de Plaza Italia, todo lo comercial estaba en el centro entre las calles Morandé y Teatinos, Ñuñoa. Hasta el año 1960 había chacras, Valparaíso, Santa Julia, Macul… Ésta última había sido una Hacienda muy grande, primero de Cousiño y después de un hermano de Arturo Alessandri, José Pedro. Hasta hace poco se iba a Santiago por carretera y en la entrada, Pajaritos, y mucho antes y después, había viñas. Santiago estaba rodeado de estas comunas, poblaciones, que eran zonas agrícolas con hortalizas. Todo eso ha ido desapareciendo, Santiago ha crecido y se ha transformado en un monstruo”, resume.

Nuestro entrevistado indica que en el año 60 Santiago tenía 700 mil habitantes. “Santiago creció, y al crecer se llevó profesionales de todas partes del país… ¿Por qué? Porque hoy día, en las universidades, ¿cuántos alumnos salen? Una cantidad grande, y ¿dónde se quedan? Aquí no, se van a Santiago, y todo está centralizado en Santiago, las inversiones grandes… Todo esto se arrastra desde hace muchos años, desde el terremoto de 1905. Aquí, en Valparaíso, vivían los Edwards, y desde acá manejaban sus negocios, no en Santiago; acá se fundó el Primer Cuerpo de Bomberos de Chile, la Primera Bolsa de Comercio, la primera Cámara de Comercio antes de ser de Chile y antes de ser Cámara de Comercio Nacional de Santiago… Los negocios mineros se manejaban desde acá, la gente tenía que venir desde Santiago a reunirse con los directorios, el Banco Español también estaba aquí. Desde Santiago, en día de semana, un cuarto para las ocho salía el primer tren a Valparaíso. El Expreso traía un carro especial, venía la máquina, después otro carro de correo y  después empezaban los carros de pasajeros, y el primer carro era un coche salón que no tenía los asientos tradicionales sino que unas butacas, sillones que se giraban, porque ahí venían los miembros de los directorios. Cemento Melón hasta hace poco estaba acá”, recuerda don Sergio.

Respecto a la comparación de la remota gloria de Valparaíso y su situación actual, el contador y periodista condensa  las causas en tres, el incendio de 1905, el Canal de Panamá y la aviación comercial.

“La apertura del Canal significó un tremendo golpe contra Valparaíso, porque si un señor de Buenos Aires, Montevideo o Brasil tenía que ir a hacer negocios en Perú, Ecuador o Colombia, ¿por dónde se iba? Tomaba el Trasandino y a llegaba Valparaíso. A su vez, si un colombiano, ecuatoriano o peruano tenía que hacer negocios con uruguayos o argentinos, tomaba el bus en su país, llegaba a Valparaíso, y de ahí tomada el Trasandino… Y, el punto final fue la aviación comercial, en el mismo sentido. Por eso es que en Valparaíso había hoteles macanudos. Por ejemplo, todavía quedan restos del Hotel Royal en calle Esmeralda. Si uno entra, todavía deben estar las escalas de mármol”, imagina.

Es una conversación llena de historia, de detalles y recuerdos, que nos entrega un vívido cuadro de lo que ha cambiado tan apresuradamente. Le preguntamos qué mensaje les entrega a los nuevos contadores, nos responde “mi mensaje es: nunca debe uno olvidar la ética profesional y la corrección, uno siempre debe ponerse al servicio de las cosas legales y preocuparse mucho de esa parte” y, para los periodistas, “informar con la verdad más absoluta, despojarse de toda preocupación personal, política e ideológica, ser absolutamente imparcial”, arenga don Sergio Venegas Feliú.